No tengo tiempo para pensar en el tiempo que tengo

Non-stop. Movimiento contínuo. Ir y venir. Circulación, evolución. ¿Involución? Parece que la gente no se detiene. Todos pasan andando, se cruzan, se miran. Muchas parejas jóvenes, y eso que no estamos en primavera que es cuando más florece el amor (será por la desubicación entre estaciones del año?). Delante de mi, se despiden dos amigas de procedencia latino-americana que después de fundirse en un cálido abrazo con sonrisas, se han separado cada una por su lado manteniendo esa misma sonrisa. Se oyen maletas con ruedas de fondo; parece que hay mucho movimiento migratorio en esta zona. Bajando de la Plaza del Sol por la calle del Mesón de Paredes una se siente en otro país. Bazares chinos, tiendas de comida árabe y puestos ambulantes que venden carne y otras delícias dulces de postre marroquí. Cuesta entender sus conversaciones porque sólo se escuchan dialectos asiáticos y árabes.

Es muy curioso el paso del tiempo, los días, las semanas; y aunque no queramos, estamos hechos para ello. El ser humano, desde las primeras manadas nómadas que vivían en las cuevas, ha sentido un deseo insaciable por ir hacia delante. Innovar, encontrar, crear, mejorar. La fotografía es un buen reflejo de esta reflexión. Las primeras fotos tomadas con el daguerrotipo eran retratos. El hombre necesita verse a sí mismo para entenderse. Quiere ver su papel en la realidad para comprender algo más de su existencia. ¿No se les ocurrió fotografiar objetos o el cielo mismo? No. Lo que les intrigaba era ver cómo ellos se veían a sí mismos en las imágenes que por aquel entonces rozaban la perfección estética. Y, ¿para qué? Quizás para encontrar más pruebas de que el hombre a principios del siglo XIX era un ser racional con unos valores que apuntaban a un futuro más alentador que el presente en aquella época. Hoy en día observamos esas fotografías y vemos mujeres vestidas con sus mejores galas, generales orgullosos por mostrar sus medallas que decoraban sus vestimentas. Eso era: mostrarse. Que el hombre supiera hasta donde había llegado.

¿Y hoy qué hacemos? Rehuimos de casi todo lo que nos hata a nuestros inicios. Quizás es una forma de escapar de nosotros mismos porque no sabemos lo que vamos a encontrar al vernos ‘desnudos’ -en sentido metafórico- y preferimos mirar hacia otro lado. Dedicamos (casi) más tiempo haciendo cosas que creernos que son positivas para nuestra persona en vez de enfrentarnos a nosotros mismos. Creo que es un miedo generalizado que a estas alturas pensadores y psicólogos ya le han puesto nombre a la patología. Sin ir más lejos, si nos fijamos en nuestra realidad más cercana, lo cotidiano, cuesta ver gestos de humanidad. De hecho, cuando los hay, aparecen en las notícias del mediodía y luego de la noche como algo inédito. “Mujer inmigrante encuentra por la calle siete números de lotería y los devuelve a la comisaría más cercana sin saber que estaban premiados con más de 18.000€”; esto hoy -por desgracia- es noticia. Años atrás seguramente no formaría parte ni de los sucesos menos destacados. Aquí nos encontramos, en plena vorágine.

Mireia R. Lopez

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